Cuando sucedió, no cantó un ángel, sino «una multitud de las huestes celestiales» (Lucas 2,13). El coro más grande de la historia del mundo, y el público: unos pocos pastores junto al fuego.
El cielo envía su anuncio más poderoso al menor número de oyentes. Porque importaba que precisamente estos, que sabían reconocer un cordero puro, fueran los primeros.
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